La justicia suiza llevaba investigando desde 2018 un ingreso de dinero realizado en 2008 en mi cuenta en la banca del país,
y la justicia española había hecho lo propio.
El Gobierno convirtió estas investigaciones judiciales en una caza de brujas, en
un juicio moral que afectaba a todo mi reinado y a mi acción política. En noviembre de 2020
la fiscal general del Estado, anterior ministra de Justicia,
convocó una rueda de prensa en la que me acusó sin pruebas de tener una cuenta bancaria no declarada en Jersey, un paraíso fiscal.
Todo era falso, pero reavivó la maquinaria de rumores y sospechas que se había apagado un poco. La desinformación no tiene límites.
Intentaron incriminarme por supuestas comisiones derivadas del contrato de construcción del tren de alta velocidad entre Medina y La Meca, «el tren del desierto». Era absurdo imaginar que el contratista saudí podría haber abonado un dinero con un año de antelación por
un contrato que no se licitaría hasta 2009, y
que ganaría en 2011 un consorcio de doce empresas españolas, imponiéndose a firmas francesas y alemanas.
Todo ocurrió así:
yo estaba de visita privada en Riad en 2009, si no recuerdo mal. En uno de mis viajes en coche por una de esas anchas autopistas semivacías
vi una gran carpa con la inscripción «Siemens» y las imágenes de un tren. Sorprendido, le pregunté al amigo que me acompañaba, miembro de la Familia Real saudí:
—¿Qué es esto? ¡Parece una feria de trenes!
—Siemens ha venido a presentar sus avances técnicos. Han traído incluso un vagón vacío.
Estamos pensando en construir un tren de alta velocidad que una La Meca con Medina, pasando por Yeda, una distancia de casi quinientos kilómetros, para facilitar la llegada de los peregrinos y descongestionar el tráfico de las auto pistas. Ya estamos diseñando las estaciones.
Este proyecto de desarrollo
me pareció muy interesante y de inmediato pensé en posicionar a España para esta iniciativa. Le
hablé de la capacidad competitiva de Talgo y de
nuestros trenes de alta velocidad que unen Madrid con Sevilla y Barcelona. Inmediatamente,
llamé al director de Talgo y le
pedí que me hiciera llegar una presentación de su empresa lo antes posible. Me envió por correo electrónico unos documentos muy pesados que no había manera de descargar. En aquella época, enviar este tipo de documentos era todavía complicado. El jefe de seguridad que me acompañaba, Vicente García-Mochales, se pasó toda la noche descargándolos para poder imprimirlos. A la mañana siguiente,
se los envié al ministro de Transportes saudí junto a una nota mía en la que le pedía que tuviera en cuenta a España para la próxima licitación del primer tren de alta velocidad saudí. Antes de regresar a Madrid,
cené con mi amigo, el rey Abdalá de Arabia Saudita, y
le repetí que Talgo era una empresa pionera a la que tener en cuenta para aquel formidable proyecto. Un consorcio de
doce empresas españolas, entre ellas nuestro operador nacional
Renfe y el gestor de infraestructuras
Adif,
se puso manos a la obra para responder a esta licitación de más de 6.000 millones de euros. Una bendición para el país, que atravesaba una grave crisis económica. Frente a ellos, un tándem francés, Alstom-SNCF, respaldado por el primer ministro François Fillon durante uno de sus viajes oficiales a Riad y apoyado personalmente por el presidente Sarkozy. Una dura competencia.
Volví en viaje oficial
a Arabia Saudita en 2011 para la firma del contrato, orgulloso de España y sus empresas.
Era el reconocimiento de que éramos un país de referencia, con un
modelo ferroviario competitivo y exportable.
Me sentí el padrino de esta aventura, que había iniciado por casualidad. A pesar de las complicaciones y los retrasos,
la línea se inauguró en 2018. En lugar de diez horas de viaje, el trayecto se reducía a dos, gracias a velocidades punta de 320 km/hora. Es el tren más grande de Oriente Próximo, capaz de soportar temperaturas de 50°C. Me emociona haber contribuido a ello.
Ni siquiera las acusaciones infundadas de la prensa española me quitarán la satisfacción de haber formado parte de un proyecto del que todos los españoles deberían sentirse orgullosos. Las elucubraciones acerca de las supuestas comisiones han empañado un logro increíble: España se ha convertido en el campeón europeo de la alta velocidad ferroviaria por número de kilómetros instalados, superando a Francia. A nivel mundial, ¡solo China nos supera!
[...]
Los tribunales suizos archivaron su investigación el 13 de diciembre de 2021, seguidos por
los tribunales españoles tres meses después. No se presentaron ni cargos ni pruebas incriminatorias contra mí.
La fiscal general del Estado español
tenía el expediente preparado en un cajón.
Esperó varias semanas antes de hacerlo finalmente
público presionada por los medios de comunicación, porque la información ya se había filtrado.
Quizás seguía buscando razones para incriminarme.
Cuando se cerraba un frente, se abría otro.
Hacienda revisaba todas mis cuentas, todos
los regalos que pudiera haber recibido por parte de mis amigos e investigaba
a los que me habían invitado a sus casas. Era una insaciable búsqueda de cualquier motivo para incriminarme.
¿Debía pagar impuestos por el jamón serrano que me ofrecía un tendero o por una cena en casa de un amigo? Me vi reducido a
justificar todos los aspectos de mi vida,
desde la compra de una camisa hasta el más mínimo viaje.
Todo en mí
se volvió sospechoso. La guinda del pastel:
en diciembre de 2020, me enteré de que una antigua relación había interpuesto una demanda por presunto acoso y difamación ante la High Court de Londres,
alegando grotescas fabulaciones dignas de una película de James Bond. No me libré de nada. Algunos imaginaron, tal vez, que me llevarían al límite; otros me veían ya destruido. Pero me mantuve firme. No cedí a las murmuraciones,
defendí mi integridad.
He sido difamado por la prensa, por
el Gobierno y por una antigua relación que con sus declaraciones extravagantes ha buscado mi ruina. También
se me ha acusado de blanqueo de capitales, una imputación grave y del todo infundada, porque el origen de los fondos era perfectamente conocido. Nunca he negado que se tratara de
una donación generosa, regalo del difunto rey de Arabia Saudita, Abdalá, un amigo, un «hermano», como se dice con respeto por estos lares.
Ningún procedimiento judicial ha establecido mi responsabilidad,
ningún tribunal ha dictado una condena en mi contra.
Muchas monarquías se benefician de la generosidad de las familias reales árabes,
por no hablar de los políticos europeos. Es algo que
no me excusa, pero sí coloca esta donación en su contexto. Incluso un beduino en medio del desierto recibe a un forastero con prodigalidad y comparte su pan con el visitante.
Rechazar un regalo se consideraría una ofensa, una declaración pública de hostilidad.
Nuestras normas occidentales, que recientemente
han evolucionado hasta convertirse en códigos estrictos, no pueden compararse con las suyas.
En 2011, su alteza
el jeque Mohamed bin Zayed, de los emiratos árabes Unidos,
nos regaló a mi hijo y a mí dos coches Ferrari, entre los doscientos que ofrecían a sus amigos de todo el mundo.
Patrimonio Nacional se opuso y los sacó a la venta, prácticamente nuevos. El primer intento, en 2015, fue infructuoso, y terminó en 2017 en una subasta de derribo.
Los beneficios se transfirieron a la administración pública.
El príncipe heredero emiratí
vivió esa operación como una afrenta, pues
no entendía que un Estado pudiera revender un regalo personal. Era
una forma de rechazar su obsequio y, por tanto,
su amistad. Y no debemos olvidar que las monarquías del Golfo son inversoras de primer orden en nuestras economías europeas.
La cortesía de nuestros códigos culturales
no se corresponde para nada
con la de ellos. Y más teniendo en cuenta que, desde hace miles de años, los reyes se hacen regalos como gesto de amistad, alianza, de ayuda mutua y de lealtad. Es una manera de demostrar la preeminencia, de afianzar una solidaridad. Es
parte de una forma de diplomacia, tanto c
omo los matrimonios, las uniones políticamente útiles, a veces
entre hijos o primos.
Una aberración a nuestros ojos, que solo entienden los matrimonios por amor. Incluso
ahora, en los viajes oficiales,
los jefes de Estado siguen haciéndose regalos, que
desde hace poco en Europa se catalogan y no superan una determinada suma. Reflejan el saber hacer nacional y
son una señal de buena voluntad. Los dones y contradones están en el centro de las relaciones entre países. Puede
parecer arcaico, incluso inmoral, pero
tradicionalmente sigue siendo ineludible.
Yo
tenía una carta oficial del Ministerio de Finanzas saudí que certificaba sin reservas que se trataba, efectivamente,
de una donación. Puedo asegurar que
se realizó sin contraprestación alguna, en nombre de una amistad de cuarenta años, de la solidaridad entre realezas, de la prodigalidad desinteresada que caracteriza a los dirigentes árabes.
Admito que cien millones de dólares son una suma enorme.
Me habrían permitido atender las necesidades de mi esposa, Sofi; de
mis dos hijas, Elena y Cristina,
y de sus seis hijos, recientemente excluidos de la Familia Real, y
no tener que preocuparme por mi jubilación lejos de la vida oficial española,
en una casa en el extranjero de la que habría sido propietario.
[...]
Quería dejarle todo el protagonismo a mi hijo y llevar una vida libre, autónoma y discreta,
sin depender de la Casa Real. Sabía que
mi hijo no iba a ocuparse de sus padres ni de sus hermanas. Yo
siempre me he sentido responsable y a cargo de mis parientes, en el sentido más amplio,
en tanto que cabeza de familia de nuestra organización piramidal, y por mi carácter protector. Para mí
es una cuestión de honor proteger a los que me rodean. Históricamente, los reyes han actuado así, no solo los reinantes, como mi abuelo Alfonso XIII, sino también los exiliados, como mi padre, don Juan, con respecto a sus familiares. Seguramente
es herencia del carácter paternalista y feudal de la Corona.
En mi caso, quizá haya,
además, una pizca de culpabilidad por haber impuesto a mis hijas una vida sometida a las exigencias de la Corona sin imaginar que un día, con más de cincuenta años,
quedarían excluidas. Representar a la monarquía les daba un estatus y una compensación económica proporcional a sus actividades. De repente,
debido a la reconfiguración de la Familia Real decidida por mi hijo, mis hijas debieron cambiar de vida y yo tuve que apoyarlas, sobre todo
porque sus respectivos maridos ya no podían hacerlo:
uno estaba atrapado
en problemas legales y
el otro, tras un derrame cerebral,
carecía de perspectivas profesionales prometedoras.
Mis padres y mis dos hermanas recibían trato de altezas reales y de vez en cuando asistían a los actos oficiales, pero
nunca se alojaron en un palacio oficial de Patrimonio ni
recibieron una pensión asociada a su rango protocolario. Llevaban vidas completamente independientes, al margen de la Casa Real. Pero de mis hijas y sus hijos me siento aún más responsable. Por suerte,
Elena y Cristina fueron las primeras infantas con estudios universitarios y carrera profesional. Desde muy jóvenes
quisieron emanciparse y vivir de acuerdo con su generación. Aunque
yo seguía viéndolas como madres solteras que necesitaban protección.
[...]
Hoy en día
se nos exige total transparencia y
que nuestras cuentas sean auditadas.
Hace treinta años, eso
no importaba a nadie. Hoy tenemos que justificarlo todo. Este
no es el mundo en el que yo crecí. Obviamente,
debemos respetar las nuevas normas. Y, por supuesto,
debería haber declarado mi dinero en Suiza.
Durante
una relación que se volvió tóxica para mí,
me dejé cegar.
Cometí la debilidad de depositar mi confianza en empresarios que me habían presentado y ceder a lo que ahora percibo como presiones. Me encontré en medio de un embrollo financiero que escapaba a mi control.
Lo lamento amargamente. Muchos hombres se han mostrado débiles bajo la influencia de este tipo de mujeres. Nuestros errores nos revelan humanos.
Me arrepiento y sigo pagando un alto precio por ello.
Soy consciente de que he decepcionado. Ninguna institución es irreprochable, ni tampoco ninguno de sus miembros.
Esta confesión de debilidad reavivará sin duda las críticas. Pero,
si no puedo admitir mis errores, ¿qué esperanza tengo de reconciliarme con los españoles? Reconozco que, durante mi reinado,
me rodearon algunos empresarios poco escrupulosos que actuaron en mi nombre, pero sobre todo en su propio beneficio personal. Traicionaron mi amistad y mi confianza ciega.
Me implicaron en chanchullos de los que no tenía conocimiento.
Se presentaron de forma indebida
como mis intermediarios, para enriquecerse.
Bajé la guardia por exceso de confianza. También
por ingenuidad. Preferí olvidarlos antes que meditar mi decepción. Carece de sentido enumerarlos;
algunos pagaron más que otros, incluso acabaron en la cárcel. Intentaron implicarme para defenderse, para manchar mi imagen, pero era pura calumnia.
Estoy enfadado conmigo mismo por entregar mi simpatía con demasiada espontaneidad, por permitirles tener acceso a mis contactos. El poder atrae a aprovechados y aduladores, y
no fui lo suficientemente desconfiado. Pensé que mi instinto me alertaría, pero
reconozco que se aprovecharon de mí. Sin duda
me cegué, sin duda
no escuché las advertencias. Fui engañado y estafado. Como ante cualquier herida,
ante cualquier decepción íntima,
me encierro en el silencio. No tiene sentido ahondar en la amargura.
[...]
No soy un hombre de dinero, como afirman algunos. No tengo formación ni conocimientos en la materia.
En el seno de la familia rara vez abordamos el tema. Íbamos justos y a veces nos avergonzaba. Existe una famosa anécdota que he repetido muchas veces que demuestra que realmente no he tenido sentido empresarial, y no lo he tenido desde niño.
Tendría cinco o seis años cuando hice el primer mal negocio de mi vida. Fue
en Lausana.
Un español que fue a visitar a mi padre
me regaló una estilográfica de oro.
No lejos del Hotel Royal, donde vivíamos,
había una tienda de dulces y chocolates. Como
nunca tenía un céntimo en el bolsillo,
tuve la brillante idea de ir a ver al portero del hotel para enseñarle mi pluma. «Esto es oro», le expliqué, «
¿cuánto me das?». El portero me dio
cinco francos. Le di mi bolígrafo y
corrí a la tienda a comprarme una gran cantidad de caramelos. Cuando
mi padre se enteró, fue a ver al portero, le dio diez francos y se llevó el bolígrafo. Me dijo muy severamente: «
Me has hecho perder cinco francos», y
me castigó. Me di cuenta de que
la gula era mala consejera.
Mi padre vivió gracias a la generosidad de las familias monárquicas.
El patrimonio dejado por Alfonso XIII era limitado, y se repartió entre todos sus hijos.
Mi padre nunca fue un buen inversor, nunca se interesó por incrementar su capital ni por el rumbo de sus negocios. Él no se ocupaba de esas cosas. Tal vez lo desdeñaba.
Controlaba sus gastos con rigor y se permitía pocos lujos, pero debía mantener su estatus. En aquella época,
parecía normal que la aristocracia cuidara de «su Rey».
El fisco español no les pedía que lo justificaran.
Hoy, incluso
los amigos que me han hospedado en su casa deben rendir cuentas de todo: el vino y la comida consumidos, los nombres de los invitados... como si yo fuese un peligroso fugitivo cuyos movimientos fueran objeto de especulaciones delirantes. Y
quienes me ayudaron a reunir la suma exigida por Hacienda para hacer frente a mi deuda tributaria
en febrero de 2021 lo hicieron ante notario, en forma de
préstamo a corto plazo que tendré que devolver. No hubiera sido posible hacerlo desinteresadamente. ¡Y
luego muchos de ellos fueron sometidos a una inspección fiscal!
Me eduqué en un mundo donde el dinero fluía de forma más sencilla, donde
las donaciones y los regalos para mantener a nuestra familia eran lo habitual. Donde el apoyo personal, cara a cara, era espontáneo.