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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 12 Ene 2026 20:33 
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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Ene 2026 10:32 
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Vale que es SU biografía, pero en todos los fragmentos es yo, yo, yo, yo... Hasta cuando alguien que no es Juan Carlos hace algo bueno, luego viene un "como yo ya pensaba o iba a hacer" jajajaja


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Ene 2026 14:15 
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De principio a fin. No tiene abuela y si conoció la humildad alguna vez, la perdió por el camino.

Él tendrá culpa porque es su naturaleza, pero la biógrafa también ha ayudado mucho en que haya quedado como un egocéntrico sin límites. No ayuda la forma de escribir o de transcribir sus palabras, abundando en constantes repeticiones sobre un mismo asunto.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Ene 2026 14:31 
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Quiere ser la víctima de todas sus propias acciones.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 13 Ene 2026 17:20 
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Registrado: 13 Feb 2010 19:52
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Clara escribió:
De principio a fin. No tiene abuela y si conoció la humildad alguna vez, la perdió por el camino.

Él tendrá culpa porque es su naturaleza, pero la biógrafa también ha ayudado mucho en que haya quedado como un egocéntrico sin límites. No ayuda la forma de escribir o de transcribir sus palabras, abundando en constantes repeticiones sobre un mismo asunto.


Así es, la biógrafa debió intentar pulir esa redacción y esa cantidad de repeticiones, tal vez fue él mismo quien no aceptó sugerencias ni correcciones. ¡Un espanto todo! Espero que no lo lea mucha gente porque si ya ha caído en picado, con esto se "desmorona".


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 14 Ene 2026 20:51 
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Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulo 2


***


Cuando se anunció el nombramiento de Adolfo Suárez como presidente de Gobierno, la condena fue unánime e inapelable. Todos, franquistas y oposición, españoles y observadores extranjeros, criticaron mi decisión. Según ellos, acababa de cometer un error irreparable. «¡Qué error! ¡Qué inmenso error!», clamaba Ricardo de la Cierva en El País.

[…]

Era un producto puro del franquismo. Debía su ascenso profesional a su trabajo, y había progresado desde puestos modestos a otros de responsabilidad. Lo conocí cuando era gobernador civil de Segovia, durante una visita que hice como príncipe de España. Enseguida me percaté de su viveza. Era diferente de los demás miembros del régimen con los que yo trataba: no había conocido la Guerra Civil, tenía ansias de modernidad y de cambio, era muy franco conmigo y tenía el valor de sus convicciones. Desde su nombramiento como director general de Radio Televisión Española (RTVE) en 1969, contribuyó a que yo tuviera una cierta visibilidad mediática; (…) ¡Se pronunciaba a favor de la legalización de los partidos políticos, pese a que dirigía el único partido autorizado! Estaba dispuesto a entablar un diálogo constructivo con la oposición. (…) Compartíamos el mismo deseo de construir una nueva España sin romper con el pasado y sin causar un trauma radical. En el plano personal, nos llevábamos muy bien. Era encantador y simpático. Tenía el espíritu del bon vivant sin serlo, porque no bebía y a la hora de comer se conformaba con tortillas o platos de lentejas. Para relajarse, jugaba al mus, al que yo aprendí a jugar en el barco de mi padre, con los marineros vascos. Adolfo y yo habíamos desarrollado una verdadera complicidad y confianza, hasta el punto de entendernos casi sin hablar. Teníamos una relación excepcional.

[…]

Más tarde supe que el socialista Alfonso Guerra, que sería vicepresidente del Gobierno entre 1982 y 1991, escribió en un periódico socialista clandestino: «Adolfo Suárez puede ser una oportunidad para la democracia». Guerra, que me había visto como un continuador del franquismo, era decididamente un visionario que iba a contracorriente. (…) La ventaja de un rey es que, a diferencia de un político, no depende de las encuestas. Un reinado requiere una mirada larga, mientras que los políticos lidian con el frenesí de la actualidad y de las campañas electorales. Aunque yo era consciente de haber ligado mi destino a su éxito.

Una nueva generación de ministros llegó al poder. Se les tachó de «inexpertos», de «aprendices», de «Gobierno de tercera división». (…) Los recién llegados eran una afrenta para la gerontocracia y su burocracia, que llevaban cuarenta años en el poder. Yo tenía entonces treinta y ocho años, y una necesidad casi física de rodearme de personas de mi edad, llenos de ilusiones y entusiasmo, y con la misma visión de la sociedad española que yo. (…) Nuestra tarea consistía en ganarnos a la oposición sin hostigar a los defensores del inmovilismo: un juego sutil y arriesgado. (…) Adolfo Suárez apareció en televisión para anunciar a los españoles, sin ambages, nuestro programa de reformas y la celebración de elecciones en el plazo de dos años.

[…]

Ante la rapidez de la cadencia anunciada para llevar a cabo la evolución política del país, la izquierda reaccionó con dudas y la derecha se mostró convencida de nuestra ineptitud. Sin embargo, si hubo un político que cumplió todas sus promesas, ese fue Adolfo Suárez. (…) En resumen, consiguió convencer a los franquistas de renunciar a ciertos valores para asegurar su supervivencia, y a la oposición de que entrara en un proceso de negociación emanado de una legalidad heredada del franquismo. Por mi parte, hice de enlace con el Ejército, que conocía bien porque había formado parte de él, y que no tenía una relación de confianza con el presidente del Gobierno. (…) Intenté recibir a todo el que me pedía audiencia; era mi manera de incluir al mayor número posible de personas en el proceso. (…) Sin los españoles yo no habría conseguido nada: era por ellos y con ellos como esperaba conseguir mis objetivos y reconciliar la España azul con la España roja.

Torcuato Fernández-Miranda se impuso la ardua tarea de redactar una ley que se sumara a la legislación ya existente para poder transgredirla. Como astuto jurista, redactó un breve texto que, por así decirlo, volvía al régimen contra sí mismo. Los tres pasamos el verano de 1976 perfilando esta ley, que se presentó al país el 10 de septiembre. (…) Durante semanas, Torcuato hablaría con cada uno de los procuradores. Tenía una gran autoridad moral, pero, pese a todo, algunos se resistían, inquietos ante el destino que les depararía el nuevo sistema político. Adolfo Suárez echó mano de todo su encanto y habilidad para convencerles de que el franquismo sin Franco no tenía futuro. (…) Por mi parte, hice innumerables apariciones públicas para intentar conquistar un verdadero apoyo popular para la ley. Pedí a Adolfo Suárez que sometiera el texto a los altos mandos del Ejército, porque sin su aprobación la reforma podía peligrar. (…) Cuando se planteó la espinosa cuestión de la legalización del PCE, explicó que los estatutos del partido eran incompatibles con el código penal vigente y, en efecto, por aquel entonces el Partido Comunista estaba bajo obediencia extranjera, es decir, sometido a la URSS. ¿Había ido Adolfo Suárez demasiado lejos? Algunos se sintieron engañados cuando el PCE modificó sus estatutos, y, sobre todo, cuando abandonó el marxismo y la bandera roja, y fue legalizado. (…) Afortunadamente, en su mayoría, el Ejército se mostró obediente y patriota.

[…]

La sociedad española estaba en plena ebullición y aparecían nuevos periódicos, sin miedo a represalias. De hecho, cuando se fundó el diario El País, unos seis meses después de la muerte de Franco, pensé incluso en invertir una simbólica aportación en su capital; hubiera sido una forma de apoyar al primer medio de comunicación socialdemócrata. (…) Persistían, por supuesto, anacronismos como los presos políticos, el control estatal de la radio y la televisión y el dominio del Movimiento Nacional sobre la vida asociativa, pero, menos de un año después de la desaparición de Franco, el país había entrado en una nueva dinámica que yo acompañaba. (…) Las manifestaciones y huelgas alcanzaron su punto álgido en noviembre, con una inmensa huelga general. Este malestar social irritaba al Ejército, que no podía tolerar que el caos se instalara en el país. (…) Yo era un puente entre el poder militar y el poder civil, para que los vencedores de la Guerra Civil no se sintieran los vencidos de la democracia, y al mismo tiempo no frenar el impulso reformador del Gobierno. (…) Fueron días angustiosos.

El proyecto de Ley para la Reforma Política se debatió durante dos días en las Cortes. Fue mi amigo diputado Miguel Primo de Rivera, quien defendió este texto destinado a reconocer el sufragio universal y la soberanía popular. Quisiera detenerme en él unos instantes porque considero que es un olvidado de la Transición. (…) Cuando me nombraron sucesor, algo que él promovió activamente con Franco, ya era alcalde de la formidable ciudad de Jerez de la Frontera, famosa por su vino, sus toros y su escuela ecuestre. Miguel asumió el papel histórico de defender la reforma, lo que, dado su pedigrí, le dio aún más credibilidad. (…) Fue un eje importante de la Transición y le estoy muy agradecido por ello. (…) Ya en 1965 declaraba en una entrevista: «Considero que los partidos políticos son inevitables», una afirmación peligrosa en aquella época, y además se negó a afiliarse al Movimiento Nacional. (…) Estaba convencido de que la reforma garantizaría un equilibrio de las fuerzas políticas en paz y armonía. (…) Desgraciadamente, al término de su compromiso fue criticado por los ultras del régimen, que le consideraban un traidor, y despreciado por el centro y la izquierda, que desconfiaban de él. A mis ojos, siempre será una especie de mártir de la Transición.

La votación, nominal y pública, fue inequívoca: 425 votos a favor de un total de 531. Cuando mi ayudante me comunicó el resultado de la votación la tarde del 18 de noviembre de 1976, tuve un momento de inmenso alivio, como si me hubieran quitado un peso de encima. (…) Los comentaristas han llamado a este momento histórico «harakiri», porque las cortes de Franco votaron su propia disolución. (…) Me gustaría subrayar que una gran mayoría apoyó la reforma política pensando más en el país que en sus propias carreras. Hay que reconocer que los franquistas se dijeron: «Tenemos la oportunidad de hacer una última cosa positiva por España». Al final, se dejaron convencer. Probablemente al principio pensaron que yo iba a ser un rey al estilo de Franco. Después, y gracias a los esfuerzos persuasivos de Adolfo Suárez y de Torcuato Fernández-Miranda, y al gran discurso ante las Cortes de Fernando Suárez, ministro del último Gobierno de Franco —«No hay metafísico en el mundo decidido a sostener que una obra humana pueda ser inalterable por su propia naturaleza», diría—, la inmensa mayoría aceptó que me convirtiera en un rey democrático. (…) Nos movía esta misión, y los políticos de entonces, fueran de derechas o de izquierdas, estuvieron a la altura de este reto histórico. Eran conscientes de que su ambición de poder estaba sometida a un proyecto nacional colectivo. Este impulso se ha perdido y yo lo lamento amargamente. Es algo que explica en parte la crisis de la democracia que viven en la actualidad muchos países.

El referéndum del 15 de diciembre de 1976 ratificó el Proyecto de Ley para la Reforma Política con un 97% de votos a favor y un 2% en contra, a pesar del ambiguo llamamiento a la abstención por parte de la oposición. El llamamiento fue desoído, ya que la participación resultó ser del 77%. (…) Este maremoto me dio legitimidad popular. Si con anterioridad era simplemente el sucesor de Franco, ahora era un jefe de Estado cuyo proyecto político era validado por el país. (…) Enseguida se pusieron en marcha una serie de decretos: la ley de asociación política, la desaparición del Movimiento Nacional, el reconocimiento de la identidad y la lengua catalanas, etc. En cambio, los franquistas más fervientes se sintieron engañados y expresaron públicamente su descontento. Mi Gobierno fue a menudo increpado con violencia en actos públicos.

Todo el mundo estaba al límite y yo temía la menor chispa. El dirigente comunista Santiago Carrillo había abandonado su exilio en Francia y vivía clandestinamente en Madrid. Sin el menor reparo y ante todo el mundo, dio una conferencia de prensa. Unas semanas más tarde, fue detenido con un pasaporte falso y una peluca. (…) Mantenerlo en prisión empañaba la credibilidad de la reforma. Algunos oficiales de alto rango querían procesarle por las matanzas de Paracuellos de Jarama de 1936, en donde perdieron la vida varios miles de partidarios del bando nacional. Afortunadamente, el juez recordó que los crímenes contra la humanidad se remontaban a Núremberg y no podían tener carácter retroactivo, y más cuando Franco, en un decreto-ley de 1969, ya había declarado prescritos los delitos cometidos antes del 1 de abril de 1939. (…) Finalmente, Carrillo, para mi inmenso alivio, fue puesto en libertad sin cargos. Pero esto no calmó a los ultras, sino todo lo contrario.


***


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 14 Ene 2026 21:06 
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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 24 Ene 2026 21:31 
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Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulos 3 y 4


***


El año 1977 comenzó bajo el signo de la irascibilidad. A pesar de mis repetidos llamamientos a la lealtad y la disciplina, a pesar de mis múltiples gestos de consideración, temía cada día un levantamiento militar para restablecer el orden. Hubo numerosos atentados, asesinatos y bravuconadas policiales. Un grupúsculo de extrema izquierda, los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), hizo reinar el terror, y los funerales de policías y guardias civiles asesinados provocaron una escalada de violencia. (…) El 11 de diciembre de 1976, los GRAPO secuestraron al presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol y Urquijo, suegro de mi amigo Miguel Primo de Rivera, y días después, el 24 de enero de 1977, al presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, Emilio Villaescusa Quilis. (…) Los terroristas exigieron la amnistía total a cambio de su liberación. Muchos presos eran jóvenes vascos vinculados al terrorismo de ETA; el Gobierno no podía ceder bajo la presión del chantaje. La misma noche del secuestro de Villaescusa, terroristas de extrema derecha asesinaron a cinco abogados comunistas, especializados en la defensa de los trabajadores, en su despacho de la calle de Atocha, en pleno corazón de Madrid. (…) Ese momento de gran tensión me atrapó. (…) El destino de España estaba en manos del PCE y de las fuerzas militares. (…) La violencia ciega de una sola semana fatídica pudo haber hecho añicos la reforma y sabotear todos nuestros esfuerzos. El clima de preguerra civil era muy real. Había terminado por suceder lo que tanto temíamos.

Las Fuerzas Armadas permanecieron bajo mi mando y finalmente no declararon el estado de excepción. Santiago Carrillo hizo un llamamiento a la serenidad en sus filas. Nadie intentó calentar los ánimos. (…) Dos días después de los asesinatos se instaló una capilla ardiente en el Palacio de Justicia. (…) Tomé los mandos de un helicóptero y me llevé conmigo a Adolfo Suárez. Quería ver con mis propios ojos aquella marea de rosas rojas, banderas rojas y puños cerrados, impresionante en su inmensidad y organización. Nos conmovió la dignidad y el orden que reinaban en aquella riada de cientos de miles de afectados y disciplinados militantes comunistas. Era la primera manifestación de izquierdas de esta envergadura desde el final de la Guerra Civil, secundada por huelgas en todo el país. Creo que todos los españoles quedaron muy impresionados por esta demostración de dolor, fraternidad y rigor. Estoy convencido de que a partir de ese momento la imagen del PCE cambió a los ojos de la sociedad española. Los comunistas no eran la encarnación del diablo, «peligrosos enemigos de la nación», como pretendían los franquistas.

Con mi aprobación, Adolfo Suárez estableció contacto directo con el Partido Socialista y con el dirigente comunista Santiago Carrillo. Éramos reticentes a legalizar al PCE demasiado pronto, puesto que yo pensaba que las Fuerzas Armadas no estaban preparadas para encajar el golpe, y la sociedad española probablemente no estaba lo bastante madura como para aceptarlo con tanta facilidad. Pero para celebrar elecciones legislativas había que legalizar todos los partidos políticos, como en cualquier democracia europea. (…) Ahora me toca hacer un flashback sobre una historia que seguramente sorprenderá a más de uno, y es que unos meses antes de la muerte de Franco envié un mensaje confidencial al Partido Comunista de España.

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Como cabe imaginar, en aquella época, bajo el franquismo, no teníamos las mismas redes de contactos. (…) Estuve dándole vueltas a este tema durante mucho tiempo, hasta que recordé que yo una vez había hablado largo y tendido con el líder comunista rumano Nicolae Ceauşescu, durante las suntuosas celebraciones de los 2.500 años del Imperio Persa organizadas por el Sha de Irán en Persépolis en 1971. (…) En aquella ocasión mantuvimos una conversación de casi tres horas, en la que me interesé por su estado de ánimo y por el mundo comunista. Era una oportunidad única, porque España no tenía relaciones diplomáticas con el bloque del Este. Una de las cosas que me contó fue que Santiago Carrillo acostumbraba a veranear en Rumanía. De repente pensé en este detalle. Ceauşescu podía ser el intermediario que buscaba.

Pedí a un amigo de confianza, el mismo que fue a París para convencer a Giscard de que acudiera a la misa del Te Deum al comienzo de mi reinado, Manuel Prado y Colón de Carvajal, que fuera a Bucarest, de incógnito y sin credencial. Me cuesta situar con precisión la fecha, pero me parece que fue justo antes del verano de 1974. (…) El más mínimo paso en falso por su parte, podía acarrearme serios problemas, e incluso podía resultar fatal. Así que puse mi destino en sus manos.

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Primero viajó a París, donde convenció al embajador rumano en Francia para que le ayudara a entrevistarse con Ceauşescu. Una vez aterrizado en Bucarest, las autoridades rumanas lo retuvieron durante dos días en el entresuelo de una residencia vigilada, donde tuvo que ver una y otra vez películas que glorificaban al conducator. (…) No fue hasta una semana después, a su regreso, cuando me contó todas sus peripecias. «Hubo momentos en los que pensé que no volvería a ver ni mi patria ni a mi familia», me dijo. Su encuentro con Ceauşescu había sido breve y productivo. Pudo transmitirle mi mensaje: «El futuro rey de España pretende legalizar el PCE, junto al resto de partidos políticos, cuando acceda al trono. Él decidirá el momento más oportuno para hacerlo. Mientras tanto, pide al PCE que tenga paciencia y que confíe en él». (…) Yo esperaba que mi mensaje le fuera transmitido de inmediato al interesado.

Un mes después, Manuel me avisó de que el jefe de la Seguridad rumana había llegado con un mensaje para mí. Los tres nos reunimos discretamente en el piso de Manuel, en una zona residencial de Madrid llamada La Florida, porque, por supuesto, no podía recibirle en la Zarzuela. «¿Cómo ha conseguido entrar a España sin alertar a ninguna autoridad?», le pregunté, asombrado, porque España no tenía relaciones diplomáticas con Rumanía. (…) Nunca supe cómo había conseguido entrar y salir de España sin problemas. Continuó: «Santiago Carrillo no moverá un dedo hasta que usted sea Rey. Entonces habrá que fijar un plazo no demasiado largo para que su promesa de legalización se haga efectiva». (…) Teníamos un pacto de caballeros, aunque no nos conociéramos e incluso si a priori todo estuviera en nuestra contra. Sé que cuando algunos se enteren de que yo, siendo Príncipe de España, ya tenía previsto legalizar todos los partidos políticos, imaginarán que me disponía a traicionar el franquismo. Yo sabía, y sigo convencido de ello, que el propio Franco ya sospechaba que mi monarquía no podía ser una monarquía azul, falangista. (…) Repito: mi monarquía tenía que ser integradora y democrática si quería arraigar en España. Sin el PCE, esta democracia no hubiera sido completa.

[…]

Tras el referéndum que aprobó la reforma, la oposición se mostró cada vez más ávida de cambios rápidos. (…) Adolfo Suárez les convenció de que se debía llegar a un compromiso político, con suavidad, sin despertar susceptibilidades en el Ejército. Ellos querían una «ruptura democrática» y nosotros propusimos una «ruptura negociada». En un arranque de sensatez, y bajo la influencia del eurocomunismo que imperaba entonces, el PCE resolvió finalmente descartar ciertas exigencias, como por ejemplo mi renuncia previa, y aceptó la idea de un proceso de democratización dirigido por mi Gobierno y supervisado por mí. (…) Yo garantizaba los avances democráticos y ellos reconocían la legitimidad de la monarquía. Este fue nuestro acuerdo implícito, que fue la clave del éxito de la Transición. (…) Fue una victoria colectiva, porque no lideré este proceso solo, y nunca quise atribuirme una gloria personal. Una amplia clase media, forjada gracias a años de crecimiento económico, me apoyó en mis esfuerzos de normalización democrática y europea.

[…]

Santiago Carrillo, que se beneficiaba del aura de su lucha antifranquista, aceptó sacrificar los símbolos fundacionales de su partido para participar en la futura democracia en preparación: hizo suyas la bandera rojigualda, el himno español, la monarquía, la unidad del país y el rechazo de la violencia política. (...) El 9 de abril de 1977, un Sábado Santo, se modificaron los estatutos del PCE hasta hacerlos casi más moderados que los del PSOE, que seguía reivindicando su orientación marxista; tuvieron que pasar dos años para que Felipe González la abandonara. (…) La elección de la fecha no fue casual: todo el mundo estaba de vacaciones en Semana Santa y no habría prensa ese fin de semana. (…) Los militares acataron la orden de aceptar esta nueva situación, pero me consta que mi retrato fue descolgado de algunos cuarteles. (…) Me pasé dos días al teléfono tranquilizándoles: tenía la garantía de que el PCE mantendría la calma, que ni siquiera habría ambiente de festejo en las calles. Solo dimitió el ministro de Marina, Gabriel Pita da Veiga, al que, en una muestra de solidaridad, ningún otro almirante aceptó sustituir. (…) En una tensa reunión, logré convencer al ministro del Ejército, el general Félix Álvarez-Arenas, de que no siguiera los pasos de su compañero. Una asamblea de una veintena de altos oficiales declaró: «La legalización del PCE ha provocado un rechazo general en el seno del Ejército. Pero, en atención a los superiores intereses nacionales, acepta disciplinadamente la decisión adoptada». (…) En su primera rueda de prensa en Madrid, Santiago Carrillo puso, junto a la bandera roja comunista con la hoz y el martillo, la bandera de España. Algunos militantes se ofuscaron y les costó aceptar esta nueva línea política, pero prevaleció la disciplina de partido. Debemos reconocer los sacrificios que los dos bandos, históricamente enfrentados, aceptaron hacer por España. Todos debemos mucho a la sensatez y madurez de ambas partes. (…) La campaña para las elecciones legislativas podía ponerse en marcha. Los enemigos irreconciliables de ayer iban a convertirse en adversarios políticos, como en todos los países democráticos.

Recuerdo que, en mi primer encuentro con Santiago Carrillo, le dije: «Don Santiago, está usted mucho más guapo sin peluca que con peluca», porque unos meses antes había sido detenido por la policía en Madrid con peluca. Para mostrarle mi respeto, le llamé don Santiago, privilegio que seguí concediéndole, a pesar de que, tras años de amistad, me decía: «Majestad, puede tutearme». (…) Le agradecí calurosamente la prueba de patriotismo que mostró a su regreso del exilio. No me pronuncio sobre su juventud y su actuación durante la Guerra Civil: no estuve allí y sigo convencido de que es difícil conocer la verdad. (…) Los españoles le deben mucho.

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Entablamos una bonita relación. Le preocupaba mucho el respeto a la Corona. Un día, se ofendió con el jefe de la Casa Real porque el presidente francés Giscard había ofrecido, durante su visita oficial a Madrid, una magnífica cena que superaba en todo a la recepción que habíamos organizado en el Palacio Real a su llegada. Él, hijo de un sindicalista, tipógrafo, capitán en las filas republicanas, con toda una vida dedicada al comunismo, lo interpeló muy enfadado: «Es una vergüenza, se cena mejor en la mesa de un presidente francés que en la del rey de España. Esto no puede repetirse. ¡Está en juego el prestigio de nuestra monarquía!». ¡Casi se podría haber llamado al PCE el «Real Partido Comunista Español»! Era una época en la que la extrema izquierda respetaba las instituciones del Estado. No quiero sonar nostálgico ni manido, pero lamento que cierto espíritu político, conocido como «espíritu de la Transición», se haya perdido en detrimento de España y de sus intereses.

Algunos ultras se negaban a estrecharle la mano. En las recepciones oficiales, yo deliberadamente lo tomaba por el brazo para presentarle a algunos de los más reacios, que se veían obligados a adoptar una actitud cortés. Teníamos que romper barreras, dejar atrás los odios del pasado, para construir un futuro prometedor. Al enterarme de su fallecimiento en 2012, Sofi y yo fuimos inmediatamente a su casa para dar el pésame a su viuda y a sus tres hijos. En aquel momento declaré a la prensa: «Fue una persona fundamental en la Transición y la democracia, y muy querido». Demasiado a menudo tenemos la memoria corta y era necesario recordarlo, como lo haría tras el fallecimiento de Adolfo Suárez, muerto en el olvido en 2014. Padecía Alzheimer y se había retirado del mundo tras la muerte de su hija y su mujer a causa de cáncer. Él mismo ya no sabía que había desempeñado un papel protagonista en la historia de España. Y los españoles también le habían olvidado. Cuando fui a presentarle mis respetos ante su capilla ardiente, no pude contener mi abatimiento. Siempre tuve en mi despacho una foto suya junto a la de Torcuato Fernández-Miranda. Mi gratitud a quienes me ayudaron a construir un país moderno y democrático sigue siendo inmensa.


***


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 24 Ene 2026 21:33 
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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 25 Ene 2026 18:54 
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¿Sabéis que El País Semanal ha publicado una entrevista a Iñaki Urdangarín?


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 25 Ene 2026 22:45 
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Mensajes: 5963
Sí, pero no lo he leído. Y Évole le va a entrevistar en la Sexta la semana que viene. Temblemos.


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 Asunto: Re: LAS MEMORIAS DEL REY JUAN CARLOS
NotaPublicado: 25 Ene 2026 22:54 
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Registrado: 26 Mar 2019 22:04
Mensajes: 6598
Yo la leí. No he temblado en exceso.

A la prensa rosa le ha dado algún que otro titular, y una primicia: su hija Irene es disléxica.


Última edición por Febe el 25 Ene 2026 23:08, editado 1 vez en total

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