Registrado: 22 Abr 2015 17:57 Mensajes: 23527 Ubicación: España
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Fragmentos de la Cuarta Parte. Capítulos 3 y 4 *** El año 1977 comenzó bajo el signo de la irascibilidad. A pesar de mis repetidos llamamientos a la lealtad y la disciplina, a pesar de mis múltiples gestos de consideración, temía cada día un levantamiento militar para restablecer el orden. Hubo numerosos atentados, asesinatos y bravuconadas policiales. Un grupúsculo de extrema izquierda, los Grupos de Resistencia Antifascista Primero de Octubre (GRAPO), hizo reinar el terror, y los funerales de policías y guardias civiles asesinados provocaron una escalada de violencia. (…) El 11 de diciembre de 1976, los GRAPO secuestraron al presidente del Consejo de Estado, Antonio María de Oriol y Urquijo, suegro de mi amigo Miguel Primo de Rivera, y días después, el 24 de enero de 1977, al presidente del Consejo Supremo de Justicia Militar, Emilio Villaescusa Quilis. (…) Los terroristas exigieron la amnistía total a cambio de su liberación. Muchos presos eran jóvenes vascos vinculados al terrorismo de ETA; el Gobierno no podía ceder bajo la presión del chantaje. La misma noche del secuestro de Villaescusa, terroristas de extrema derecha asesinaron a cinco abogados comunistas, especializados en la defensa de los trabajadores, en su despacho de la calle de Atocha, en pleno corazón de Madrid. (…) Ese momento de gran tensión me atrapó. (…) El destino de España estaba en manos del PCE y de las fuerzas militares. (…) La violencia ciega de una sola semana fatídica pudo haber hecho añicos la reforma y sabotear todos nuestros esfuerzos. El clima de preguerra civil era muy real. Había terminado por suceder lo que tanto temíamos.
Las Fuerzas Armadas permanecieron bajo mi mando y finalmente no declararon el estado de excepción. Santiago Carrillo hizo un llamamiento a la serenidad en sus filas. Nadie intentó calentar los ánimos. (…) Dos días después de los asesinatos se instaló una capilla ardiente en el Palacio de Justicia. (…) Tomé los mandos de un helicóptero y me llevé conmigo a Adolfo Suárez. Quería ver con mis propios ojos aquella marea de rosas rojas, banderas rojas y puños cerrados, impresionante en su inmensidad y organización. Nos conmovió la dignidad y el orden que reinaban en aquella riada de cientos de miles de afectados y disciplinados militantes comunistas. Era la primera manifestación de izquierdas de esta envergadura desde el final de la Guerra Civil, secundada por huelgas en todo el país. Creo que todos los españoles quedaron muy impresionados por esta demostración de dolor, fraternidad y rigor. Estoy convencido de que a partir de ese momento la imagen del PCE cambió a los ojos de la sociedad española. Los comunistas no eran la encarnación del diablo, «peligrosos enemigos de la nación», como pretendían los franquistas.
Con mi aprobación, Adolfo Suárez estableció contacto directo con el Partido Socialista y con el dirigente comunista Santiago Carrillo. Éramos reticentes a legalizar al PCE demasiado pronto, puesto que yo pensaba que las Fuerzas Armadas no estaban preparadas para encajar el golpe, y la sociedad española probablemente no estaba lo bastante madura como para aceptarlo con tanta facilidad. Pero para celebrar elecciones legislativas había que legalizar todos los partidos políticos, como en cualquier democracia europea. (…) Ahora me toca hacer un flashback sobre una historia que seguramente sorprenderá a más de uno, y es que unos meses antes de la muerte de Franco envié un mensaje confidencial al Partido Comunista de España.

Como cabe imaginar, en aquella época, bajo el franquismo, no teníamos las mismas redes de contactos. (…) Estuve dándole vueltas a este tema durante mucho tiempo, hasta que recordé que yo una vez había hablado largo y tendido con el líder comunista rumano Nicolae Ceauşescu, durante las suntuosas celebraciones de los 2.500 años del Imperio Persa organizadas por el Sha de Irán en Persépolis en 1971. (…) En aquella ocasión mantuvimos una conversación de casi tres horas, en la que me interesé por su estado de ánimo y por el mundo comunista. Era una oportunidad única, porque España no tenía relaciones diplomáticas con el bloque del Este. Una de las cosas que me contó fue que Santiago Carrillo acostumbraba a veranear en Rumanía. De repente pensé en este detalle. Ceauşescu podía ser el intermediario que buscaba.
Pedí a un amigo de confianza, el mismo que fue a París para convencer a Giscard de que acudiera a la misa del Te Deum al comienzo de mi reinado, Manuel Prado y Colón de Carvajal, que fuera a Bucarest, de incógnito y sin credencial. Me cuesta situar con precisión la fecha, pero me parece que fue justo antes del verano de 1974. (…) El más mínimo paso en falso por su parte, podía acarrearme serios problemas, e incluso podía resultar fatal. Así que puse mi destino en sus manos.

Primero viajó a París, donde convenció al embajador rumano en Francia para que le ayudara a entrevistarse con Ceauşescu. Una vez aterrizado en Bucarest, las autoridades rumanas lo retuvieron durante dos días en el entresuelo de una residencia vigilada, donde tuvo que ver una y otra vez películas que glorificaban al conducator. (…) No fue hasta una semana después, a su regreso, cuando me contó todas sus peripecias. «Hubo momentos en los que pensé que no volvería a ver ni mi patria ni a mi familia», me dijo. Su encuentro con Ceauşescu había sido breve y productivo. Pudo transmitirle mi mensaje: «El futuro rey de España pretende legalizar el PCE, junto al resto de partidos políticos, cuando acceda al trono. Él decidirá el momento más oportuno para hacerlo. Mientras tanto, pide al PCE que tenga paciencia y que confíe en él». (…) Yo esperaba que mi mensaje le fuera transmitido de inmediato al interesado.
Un mes después, Manuel me avisó de que el jefe de la Seguridad rumana había llegado con un mensaje para mí. Los tres nos reunimos discretamente en el piso de Manuel, en una zona residencial de Madrid llamada La Florida, porque, por supuesto, no podía recibirle en la Zarzuela. «¿Cómo ha conseguido entrar a España sin alertar a ninguna autoridad?», le pregunté, asombrado, porque España no tenía relaciones diplomáticas con Rumanía. (…) Nunca supe cómo había conseguido entrar y salir de España sin problemas. Continuó: «Santiago Carrillo no moverá un dedo hasta que usted sea Rey. Entonces habrá que fijar un plazo no demasiado largo para que su promesa de legalización se haga efectiva». (…) Teníamos un pacto de caballeros, aunque no nos conociéramos e incluso si a priori todo estuviera en nuestra contra. Sé que cuando algunos se enteren de que yo, siendo Príncipe de España, ya tenía previsto legalizar todos los partidos políticos, imaginarán que me disponía a traicionar el franquismo. Yo sabía, y sigo convencido de ello, que el propio Franco ya sospechaba que mi monarquía no podía ser una monarquía azul, falangista. (…) Repito: mi monarquía tenía que ser integradora y democrática si quería arraigar en España. Sin el PCE, esta democracia no hubiera sido completa.
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Tras el referéndum que aprobó la reforma, la oposición se mostró cada vez más ávida de cambios rápidos. (…) Adolfo Suárez les convenció de que se debía llegar a un compromiso político, con suavidad, sin despertar susceptibilidades en el Ejército. Ellos querían una «ruptura democrática» y nosotros propusimos una «ruptura negociada». En un arranque de sensatez, y bajo la influencia del eurocomunismo que imperaba entonces, el PCE resolvió finalmente descartar ciertas exigencias, como por ejemplo mi renuncia previa, y aceptó la idea de un proceso de democratización dirigido por mi Gobierno y supervisado por mí. (…) Yo garantizaba los avances democráticos y ellos reconocían la legitimidad de la monarquía. Este fue nuestro acuerdo implícito, que fue la clave del éxito de la Transición. (…) Fue una victoria colectiva, porque no lideré este proceso solo, y nunca quise atribuirme una gloria personal. Una amplia clase media, forjada gracias a años de crecimiento económico, me apoyó en mis esfuerzos de normalización democrática y europea.
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Santiago Carrillo, que se beneficiaba del aura de su lucha antifranquista, aceptó sacrificar los símbolos fundacionales de su partido para participar en la futura democracia en preparación: hizo suyas la bandera rojigualda, el himno español, la monarquía, la unidad del país y el rechazo de la violencia política. (...) El 9 de abril de 1977, un Sábado Santo, se modificaron los estatutos del PCE hasta hacerlos casi más moderados que los del PSOE, que seguía reivindicando su orientación marxista; tuvieron que pasar dos años para que Felipe González la abandonara. (…) La elección de la fecha no fue casual: todo el mundo estaba de vacaciones en Semana Santa y no habría prensa ese fin de semana. (…) Los militares acataron la orden de aceptar esta nueva situación, pero me consta que mi retrato fue descolgado de algunos cuarteles. (…) Me pasé dos días al teléfono tranquilizándoles: tenía la garantía de que el PCE mantendría la calma, que ni siquiera habría ambiente de festejo en las calles. Solo dimitió el ministro de Marina, Gabriel Pita da Veiga, al que, en una muestra de solidaridad, ningún otro almirante aceptó sustituir. (…) En una tensa reunión, logré convencer al ministro del Ejército, el general Félix Álvarez-Arenas, de que no siguiera los pasos de su compañero. Una asamblea de una veintena de altos oficiales declaró: «La legalización del PCE ha provocado un rechazo general en el seno del Ejército. Pero, en atención a los superiores intereses nacionales, acepta disciplinadamente la decisión adoptada». (…) En su primera rueda de prensa en Madrid, Santiago Carrillo puso, junto a la bandera roja comunista con la hoz y el martillo, la bandera de España. Algunos militantes se ofuscaron y les costó aceptar esta nueva línea política, pero prevaleció la disciplina de partido. Debemos reconocer los sacrificios que los dos bandos, históricamente enfrentados, aceptaron hacer por España. Todos debemos mucho a la sensatez y madurez de ambas partes. (…) La campaña para las elecciones legislativas podía ponerse en marcha. Los enemigos irreconciliables de ayer iban a convertirse en adversarios políticos, como en todos los países democráticos.
Recuerdo que, en mi primer encuentro con Santiago Carrillo, le dije: «Don Santiago, está usted mucho más guapo sin peluca que con peluca», porque unos meses antes había sido detenido por la policía en Madrid con peluca. Para mostrarle mi respeto, le llamé don Santiago, privilegio que seguí concediéndole, a pesar de que, tras años de amistad, me decía: «Majestad, puede tutearme». (…) Le agradecí calurosamente la prueba de patriotismo que mostró a su regreso del exilio. No me pronuncio sobre su juventud y su actuación durante la Guerra Civil: no estuve allí y sigo convencido de que es difícil conocer la verdad. (…) Los españoles le deben mucho.

Entablamos una bonita relación. Le preocupaba mucho el respeto a la Corona. Un día, se ofendió con el jefe de la Casa Real porque el presidente francés Giscard había ofrecido, durante su visita oficial a Madrid, una magnífica cena que superaba en todo a la recepción que habíamos organizado en el Palacio Real a su llegada. Él, hijo de un sindicalista, tipógrafo, capitán en las filas republicanas, con toda una vida dedicada al comunismo, lo interpeló muy enfadado: «Es una vergüenza, se cena mejor en la mesa de un presidente francés que en la del rey de España. Esto no puede repetirse. ¡Está en juego el prestigio de nuestra monarquía!». ¡Casi se podría haber llamado al PCE el «Real Partido Comunista Español»! Era una época en la que la extrema izquierda respetaba las instituciones del Estado. No quiero sonar nostálgico ni manido, pero lamento que cierto espíritu político, conocido como «espíritu de la Transición», se haya perdido en detrimento de España y de sus intereses.
Algunos ultras se negaban a estrecharle la mano. En las recepciones oficiales, yo deliberadamente lo tomaba por el brazo para presentarle a algunos de los más reacios, que se veían obligados a adoptar una actitud cortés. Teníamos que romper barreras, dejar atrás los odios del pasado, para construir un futuro prometedor. Al enterarme de su fallecimiento en 2012, Sofi y yo fuimos inmediatamente a su casa para dar el pésame a su viuda y a sus tres hijos. En aquel momento declaré a la prensa: «Fue una persona fundamental en la Transición y la democracia, y muy querido». Demasiado a menudo tenemos la memoria corta y era necesario recordarlo, como lo haría tras el fallecimiento de Adolfo Suárez, muerto en el olvido en 2014. Padecía Alzheimer y se había retirado del mundo tras la muerte de su hija y su mujer a causa de cáncer. Él mismo ya no sabía que había desempeñado un papel protagonista en la historia de España. Y los españoles también le habían olvidado. Cuando fui a presentarle mis respetos ante su capilla ardiente, no pude contener mi abatimiento. Siempre tuve en mi despacho una foto suya junto a la de Torcuato Fernández-Miranda. Mi gratitud a quienes me ayudaron a construir un país moderno y democrático sigue siendo inmensa.***
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